Europa, un paso adelante.

El proyecto europeo, focalizado en torno a la Unión Europea, se enfrenta a un proceso de transición sobre su propia identidad y razón de ser. Creada como un mercado común que facilitara la cooperación y unidad política, la UE se ha convertido en un verdadero actor político en la esfera internacional. La cooperación entre sus Estados miembros es cada vez más intensa; la dependencia económica, cada vez mayor; y progresivamente han ido aumentando los ámbitos de competencia cedidos por los Estados miembros a las instituciones europeas. De su protagonismo político-internacional como ente autónomo e independiente debe derivarse un mayor impulso en el desarrollo de una política exterior común con las capacidades diplomáticas, políticas, coercitivas e incluso militares que esto conlleva.

El panorama internacional ha sufrido grandes cambios en las últimas décadas. Del sistema cuasi unipolar liderado por Estados Unidos tras el final de la Guerra Fría, han resurgido superpotencias como China y Rusia, que buscan alterar ese orden, así como nuevas potencias en regiones en vías de desarrollo, como India o Brasil. Con todo esto, la UE ha debido enfrentarse a desafíos como los flujos migratorios o el terrorismo islámico que directamente afectan a su estructura y a la de sus Estados miembros. Asimismo, los mercados internacionales y las cadenas de producción han sido gravemente alterados, con el traslado de los centros de poder económico y la creación de nuevas rutas y focos de comercio. En este contexto, la UE como actor político cuenta con sus propios intereses y prioridades, por lo que, para hacer frente a esta restructuración del orden internacional, debe consolidar una agenda exterior común con capacidades autónomas de sus Estados miembros en todos los planos: político, económico y militar.

En primer lugar, en términos políticos, la integración de la política exterior europea debe focalizarse en dos planos, el diplomático y el de agenda, que tengan como objetivo la implantación de los intereses propios de la Unión en las esferas de negociación y decisión internacionales.

En segundo lugar, el plano de defensa es central en el objetivo de autonomía estratégica de la UE, y también es el más apartado por Bruselas, al ser el que más controversia suscita. En este sentido, se han planteado tres grandes vías de integración militar: una, el aumento de las capacidades de los Estados miembros dentro de la OTAN, dos, el desarrollo de estructuras paralelas pero en el marco de la OTAN, y, tres, la creación de un “ejército europeo”. Hay que mencionar que la integración militar de la Unión Europea como fundamento de su autonomía estratégica no implica de ningún modo el alejamiento de la alianza atlántica. No obstante, es evidente que la dependencia de los Estados de la UE en la OTAN, al subsumir toda iniciativa y acción militar a la misma, y la superioridad de Estados Unidos -en cuanto a número de efectivos, equipamiento, tecnología y fundamentalmente armamento nuclear- en la misma hace que en cierto modo se prioricen los intereses más propios de EE. UU. en la esfera militar europea. De esta forma, la UE no cuenta con un ámbito de acción ni con capacidades propias de seguridad y de coerción para hacer frente a las necesidades más singulares y cercanas al continente. Como se ha puesto de manifiesto con la invasión de Ucrania, el conflicto con Rusia en suelo europeo tiene una serie de implicaciones económicas, humanitarias y políticas que deben ser gestionadas de primera mano por la Unión, al conocerlas y verse afectada por ellas más directamente. Capacidades militares propias e iniciativa militar propia y autónoma de la OTAN implicarían una mayor capacidad de agencia dentro y fuera de la alianza y una mayor influencia en las negociaciones con Rusia que determinarían el liderazgo de la Unión en la definición del orden europeo, esencial para que imponga sus intereses con sus propios medios y garantice la seguridad y estabilidad de sus Estados miembros. No obstante, un reforzamiento militar siempre debe pasar por la OTAN, entendiendo la necesidad y oportunidad de la alianza por parte de la UE.

Como aspecto correlacional a la integración militar, la Unión Europea debe intensificar su coordinación en aspectos relativos a su seguridad interna que tienen una aplicación exterior, como la gestión de los flujos migratorios y de las crisis en el Sahel, o la lucha contra el narcotráfico y contra el terrorismo. A este respecto se han implementado una serie de medidas de acción común que han tenido gran éxito, pero aun existen cuestiones que requieren de una gestión centralizada con herramientas de presión y coerción propias de política exterior.

En tercer lugar, en la esfera económica, la Unión Europea tiene que aprovechar una serie de oportunidades estratégicas de expansión de mercados y de centros de producción, así como de inversión externa, que pueden llevarse a cabo de forma común. Por una parte, la UE debe aprovechar los especiales vínculos que tiene con Estados de regiones en vías de desarrollo, como Latinoamérica, el Sudeste asiático o el norte de África, para, por un lado, equilibrar la creciente influencia china en el “global south”, y por otro, atraer nuevos recursos y polos de inversión. En este sentido, la Unión requiere de capacidades más intensas y un mayor liderazgo político para aumentar su inversión en estas regiones y celebrar convenios bilaterales, en definitiva, para implementar una “economic diplomacy” común que favorezca a los mercados europeos así como a su influencia y presencia internacional. La acción económica propia de la Unión Europea no debe centrarse exclusivamente en ayudas en la cooperación al desarrollo o la difusión de estructuras de libre comercio, sino que debe contar con objetivos estratégicos propios que conlleven su permanencia como polo económico mundial. Asimismo, se debe atender de forma conjunta a problemas que afectan a todos los Estados miembros y que pueden tener implicaciones muy negativas a largo plazo, como la progresiva desindustrialización del continente y la consiguiente dependencia exterior, el aumento de la influencia de empresas extranjeras en los mercados europeos o cuestiones relacionadas con la autonomía energética.

En definitiva, la Unión Europea debe poner en marcha una serie de mecanismos e instrumentos conducidos a su consolidación como actor político relevante y autónomo en la esfera internacional, garantizando, por un lado, una política exterior conjunta con enfoques estratégicos claros y efectivos y, por otro, la independencia de la gestión de sus intereses políticos y económicos.

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