La calima del Sáhara

3 de noviembre de 1975. Franco, anciano de 81 años, entra en coma después de varias semanas con crecientes problemas de salud. El Príncipe Juan Carlos había asumido interinamente la Jefatura del Estado el 30 de octubre, ante la imposibilidad de que Franco asumiese sus tareas de Gobierno.

6 de noviembre de 1975. La Marcha Verde (foto de portada): Hassan II, Rey de Marruecos, ordena a cerca de 350.000 civiles marroquíes adentrarse en la provincia del Sáhara, territorio español desde 1884. El Ejército español sufría inmensa presión: no podía disparar contra civiles desarmados que, al mismo tiempo, estaban violando la integridad territorial de España. Juan Carlos, temiendo que una catástrofe en el Sáhara coincidiese con la muerte de Franco, aceptó sentarse a negociar con Marruecos; después de que Estados Unidos apoyase las pretensiones marroquíes.

14 de noviembre de 1975. Se firma el Acuerdo Tripartito de Madrid entre España, Marruecos y Mauritania. En él, España se compromete a descolonizar el Sáhara, dejando en manos de Marruecos y Mauritania la administración temporal del territorio. En el Acuerdo, ninguno de los tres Estados se refiere al referéndum de autodeterminación comprometido por España en 1974, y exigido por la ONU desde 1965. España se compromete a abandonar el Sáhara antes del 28 de febrero de 1976.

El entonces Príncipe Juan Carlos pasa revista a los legionarios españoles en El Aaiún, Sáhara español (2/11/1975)

20 de noviembre de 1975. Muere Franco, tras una agonía de un mes. Comienza la Transición política a la democracia en España, con la cuestión saharaui sin resolver. La resolución 2072 de la Asamblea General de la ONU exige que el pueblo saharaui recobre su soberanía, encargando a España la gestión del proceso; mientras que el Acuerdo Tripartito de Madrid encarga la gestión de dicho proceso a la administración marroquí-mauritana bajo la que se deja el territorio.

27 de febrero de 1976. El Frente Popular de Liberación de Saguía el Hamra y Río de Oro (o Frente Polisario), un movimiento de liberación nacional (o grupo terrorista, según a quién se le pregunte) que había luchado contra el dominio español, proclama la República Árabe Saharaui Democrática. De inmediato entra en guerra con Marruecos y Mauritania. La guerra durará con Mauritania hasta 1979 (Mauritania renuncia) y hasta 1991 con Marruecos. Ese año se firma un alto el fuego, promovido por la ONU. En 1994, la ONU despliega una misión de paz cuyo objetivo es celebrar un referéndum que aún no se ha producido. Marruecos controla de facto la mayoría del territorio, ante un mermado Frente Polisario apoyado por su fiel aliado, Argelia.

Mapa del Sáhara español en 1956, 20 años antes del estallido del conflicto

10 de diciembre de 2020. Donald Trump, un mes después de haber perdido la reelección, anuncia que Estados Unidos reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental a cambio de que Marruecos reconozca al Estado de Israel.

20 de abril de 2021. Brahim Gali, secretario general del Frente Polisario y Presidente de la República Árabe Saharaui Democrática, es ingresado clandestinamente en España a causa del Covid-19.

17 de mayo de 2021. Más de 8.000 civiles asaltan la frontera de Ceuta desde Marruecos, entrando en la ciudad autónoma española, que queda colapsada.

18 de marzo de 2022. España reconoce que el plan de autonomía marroquí es la mejor solución a la situación del Sáhara, en un cambio histórico de su posición.

Este es el conflicto del Sáhara Occidental, su inicio y actualidad. España se atiene al Acuerdo Tripartito de Madrid, que la ONU no reconoce. Desde 1976, por lo tanto, la relación de España con sus vecinos del Sur, Argelia y Marruecos, se basaba en un delicado equilibrio diplomático, con la cuestión saharaui en el centro. La posición norteamericana tiene también gran importancia, como se observa.

En este contexto, España está en una posición endiablada. Por un lado, Marruecos reclama el Sáhara, siendo un obstáculo insalvable la posición de España al respecto. Ese mismo Marruecos maneja el grifo migratorio, y puede atenazar Ceuta o Melilla en cuestión de días. Utiliza esto como herramienta de presión (o de chantaje, según a quién se le pregunte). Por otro lado, Argelia es el principal y ya casi único aliado del Frente Polisario. Esa misma Argelia provee a España del 40% del gas que consume (dato del año 2021), manejando por tanto el grifo energético. España necesita que el grifo migratorio esté cerrado y el del gas, abierto. Veamos si los últimos acontecimientos parecen destinados a cerrar el primer grifo y mantener abierto el segundo.

Mapa actual del Sáhara Occidental

La calima saharaui acecha a la Política Exterior española. Sorpresivamente, el Gobierno español de Sánchez ha aceptado el plan de autonomía marroquí para el Sáhara el 18 de marzo, día en el que Argelia conmemora los Acuerdos de Evián (su independencia de Francia). Esto supone reconocer tácitamente la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Algo totalmente contrario a los intereses tradicionales de España y a las resoluciones de la ONU. Sánchez ha roto el difícil y delicado equilibrio mantenido por los diplomáticos españoles desde 1976 con Marruecos y con Argelia, nuestro principal proveedor de gas. Arguye el Gobierno que este movimiento se hace con el propósito de convertir España en la planta regasificadora de Europa. Es sin duda un movimiento audaz, o incluso temerario.

El movimiento es, seguro, sorprendente, cuando es precisamente el gas de Argelia el que debe llenar las plantas y gaseoductos españoles, la misma Argelia aliada del Frente Polisario desde 1972. La misma Argelia que ha cerrado el gaseoducto del Magreb porque pasa por Marruecos. La misma Argelia que lleva teniendo desencuentros con Marruecos desde que ambos obtuvieron su independencia. Parece aventurado pensar que esa misma Argelia no fuese a reaccionar negativamente. Por lo pronto, ya ha llamado a consultas a su embajador en Madrid, dejando descabezada su misión diplomática en España. ¿Se pone en riesgo el grifo del gas? No es descabellado aventurarlo, y más si consideramos los recientes acuerdos Italia-Argelia y el hallazgo de un yacimiento de gas por parte de una sociedad italo-argelina, del que Argelia se hace eco justo después del movimiento de Sánchez. Además, China respalda a Argelia en la cuestión.

El Ejército, desplegado en la frontera de Ceuta para hacer frente a la avalancha de civiles (18/05/2021)

En suma, el episodio de calima saharaui que hemos sufrido en estos últimos días se yergue para recordarnos que España es el único país europeo con frontera terrestre en África. Que España, si quiere tener una posición de mayor peso en el escenario internacional, debe cuidar primero las relaciones con sus dos vecinos del Sur. Con los dos, no sólo con uno. Que España no puede desairar de esta forma a Argelia a cambio de una normalización coyuntural de la relación con Marruecos, y menos en el contexto de crisis energética en el que vivimos. Que España, en definitiva, no puede ni debe olvidar que este paso no soluciona ningún conflicto, y que sus únicos beneficios a corto plazo son la tranquilidad (veremos hasta cuándo) de las relaciones con Rabat y el acercamiento a Estados Unidos, que ha bendecido repetidamente las aspiraciones marroquíes. Sánchez gana calma en las vallas de Ceuta y Melilla, y en las playas de Canarias, hasta que a Mohamed VI se le antoje. Se cierra por tiempo indefinido (e igualmente incierto) el grifo migratorio.

A medio y largo plazo, la situación para España no mejora en absoluto: Marruecos no reconoce expresamente la soberanía española de Ceuta y Melilla, y no ceja en su empeño por las aguas territoriales de Canarias. El Gobierno de Sánchez, con la vista nublada por los vientos impregnados de calima, ha cedido a la presión marroquí sin conseguir contrapartidas suficientes, sin informar al Parlamento, sin acordarlo ni con sus socios ni con la oposición, sin sondear a Argelia y rompiendo un consenso básico de la Política Exterior española desde 1976: la cuestión del Sáhara debe resolverse según indica Naciones Unidas. Ahora, empujado por un desesperado intento de ganar enteros a los ojos de un Washington que nos ningunea, y por querer evitar otro verano de asaltos a las vallas de Ceuta y Melilla, Sánchez claudica quizá sin calibrar las consecuencias en la relación con Argelia. Patada y a seguir. Mientras, la calima saharaui sigue llenando de polvo las relaciones exteriores de España.

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